Tradução de Felipe Garcia Marçal e Adriano Mariano da Silva. Essa foi em conjunto. Do livro "Marcelo, Marmelo, Martelo".
Marcelillo, membrillo, martillo
Marcelillo siempre les preguntaba a todos:
- Papá, ¿por qué es que cae la lluvia?
- Mamá, ¿por qué es que no derrama la mar?
- Abuelo, ¿por qué es que el perro tiene cuatro patas?
Las personas mayores a veces contestaban.
A veces no sabían como hacerlo.
- Ah, Marcelillo, qué sé yo…
Una vez Marcerillo caviló con el nombre de las cosas:
- Mamá, ¿por qué me llamo Marcelillo?
- Pues, Marcelillo fue el nombre que elegimos tu padre y yo.
- ¿Y por qué no eligieron martillo?
- ¡Ah, mijito, martillo no es nombre de gente! Es nombre de herramienta…
- ¿Por qué no eligieron membrillo?
- ¡Porque membrillo es nombre de fruta, chico!
- ¿Y la fruta no podría llamarse Marcelillo, y yo llamarme membrillo?
El día siguiente volvía él con sus cavilaciones:
- Papá, ¿por qué es que la mesa se llama mesa?
- Porque viene del latín.
- ¡Chuta, papá! ¿Del latín? ¿Y latín es la lengua del corazón?
- No, mijito, latín es una lengua muy antigua.
- ¿Y por qué es que ese tal de latín no puso en la mesa el nombre de silla, en la silla el nombre de pared, y en la pared el nombre de bacalao?
- ¡Ah, Dios mío, éste chico me está volviendo loco!
Unos días después, Marcelillo estaba jugando la pelota con su padre:
- Oye, papá, creo que el tal de latín ha puesto el nombre errado en las cosas. Por ejemplo: ¿por qué es que el bolso se llama bolso?
- No lo sé, creo que bolso recuerda algo donde se pone cualquier cosa, ¿no recuerda?
- Ya, pero… ¿y bolsa?
- En la bolsa también se ponen cosas, ¿no?
- ¡No! Es lo que la mamá utiliza para botar la basura…
El padre de Marcelillo no hubo como reaccionar. Y Marcelillo siguió pensando:
“¡Todo está muy mal! Bolso es bolso porque es donde se pone cualquier cosa. Pero en la bolsa no se pone cualquier cosa. ¿Y por qué es que la bolsa no es la mujer del bolso? ¿Y la balsa? ¿Y balso? ¿Y blusa?
Pienso que las cosas deberían de tener nombres más apropiados. Silla, por ejemplo, debería de llamarse sentador, no silla, que no quiere decir nada; ¿y almohada? Debería de llamarse cabezero, ¡obvio! Bueno, ahora voy a hablar así nomás”.
Ya por la mañana, Marcelillo empezó a hablar su nueva lengua:
- Mamá, pásame el mezclador.
- ¿Qué es eso de mezclador?
- Mezcladorcito, de mezclar el café.
- ¡Ah! Cucharita, quieres decir.
- Papá, dame el jugo de vaca.
- ¿Qué es eso, chico?
- ¡Jugo de vaca, pues! Que hay en el juguero de vaca.
- Eso es leche, Marcelillo. ¿Quién le comprende a éste chico?
El padre de Marcelillo decidió hablarle.
- Marcelillo, todas las cosas tienen un nombre. Y todo el mundo tiene que llamarlas por el mismo nombre, sino nadie se entiende…
- No creo, papá. ¿Por qué es que no puedo inventar el nombre de las cosas?
- ¡Deja de decir tonterías, chico! ¡Qué cosa más fea!
- ¡Viste cómo lo has entendido, papá! ¿Cómo es que sabes que dije un nombre feo?
El padre de Marcelillo suspiró:
- Ándate a jugar, mijito, tengo mucho que hacer…
Pero Marcelillo seguía no comprendiendo lo de los nombres. Y decidió seguir hablando a su modo. Llegaba a casa y decía:
- Buen solario a todos…
Sus padres se miraban y nada decían.
Y Marcelillo seguía inventando:
- ¡Oigan! ¿Saben que es lo que he visto en la calle? Un arrastrador arrastrando una cargadera. Después, el arrastrador huyó y el poseedor se volvió furioso.
La madre del chico empezaba a preocuparse. Se lo dijo al padre:
- Sabes qué, ando muy preocupada con Marcelillo, con esta manía de inventar nombres para las cosas… Imagínate, cuando vuelva a clases. Éste chico nos dará mucho trabajo…
- No te preocupes, Laura. Es sólo una fase pasajera. Cosa de niños…
Pero se tardaba en pasar…
Cuando venían visitas, era una cuestión. Marcelillo solamente saludaba diciéndoles:
- Buen solario, buen lunario… - que era como les decía al día y a la noche.
Y los padres de Marcelillo se morían de vergüenza de las visitas.
Hasta que un día…
El perro de Marcelillo, Godofredo, tenía una linda casita de madera que Don Juan le había hecho. Y Marcelillo le decía vividera a la casita, y Ladrildo al perro. Y lo que pasó fue que se prendió fuego a la casa de Godofredo.
¡Alguien había tirado una punta de cigarrillo por el enrejado, y fue aquel desastre!
Marcelillo entró a la casa corriendo:
- Papá, ¡se abrasó la vividera del Ladrildo!
- ¿De qué estás hablando? ¡No entiendo nada!
- La vividera, papá, ¡se abrasó!
- No sé que es eso, Marcelillo. ¡Habla bien!
- Se abrasó todo, papá. ¡Está un cenicero terrible!
Don Juan notaba la aflicción del hijo, pero no se la comprendía.
Cuando llegó a comprenderlo, ya era tarde. La casita estaba toda prendida en fuego. Era nomás que un montón de brasas.
Godofredo gemía bajito…
Y Marcelillo, decepcionadísimo, le dijo a su padre:
- ¡Los adultos no comprenden nada de nada!
Entonces la madre de Marcelillo miró hacia el padre de Marcelillo. Y el padre de Marcelillo le miró hacia su madre. Y le dijo el padre:
- No te pongas triste, mijito. Nosotros haremos una nueva vividera para Ladrildo.
Y la madre dijo:
- ¡Sí! Toda marronzita, con la entradora delante y un cubridero todo azulito…
Y ahora, en aquella familia, todos se entienden muy bien. El padre y la madre de Marcelillo no aprendieron a hablar como él, pero se esfuerzan para comprendérselo. Y ya no les molesta lo que piensan las visitas.
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