Texto traduzido por Felipe Garcia Marçal, do texto original "A Lambisgóia".
Si buscamos la palabra “lambisgóia” en el diccionario, encontramos “mujer flaca, sin gracia, antipática, afectada, presumida, chismosa y metida”. Esto en el diccionario, porque en mi casa recibió esos significados y muchos otros. Es cualquier chica por la cual mi hijo adolescente se interese. Interesarse es poco, es suspirar por los rincones, sonrojarse al hablar de ella o con ella, enojarse con mis chistes y apodos. “Ay, ay, cuanto sufre el que padece”, diría mi abuela paterna, después de reírse mucho de lo que pasó, como se rió ella de mis lloraderas y suspiros. Pero en cuanto a esta específica Lambisgóia, pronto noté que no era una simple ‘apasionite’ de niño. Empezó con Fulana para acá, Fulana para allá, Fulana dijo, le dije a Fulana, voy a estudiar en la casa de Fulana, Fulana viene a casa – y yo como una gallina clueca con los pollitos. Ah, hubo también el hecho de incluir el nombre de Fulana en las oraciones nocturnas (sí, soy aquella madre old fashioned way que todavía reza con el hijo antes de acostarse). Era una cuestión de tiempo, yo lo sabía. Y hasta que un fin de semana para la fiesta de un amiguito, mi hijo no solamente hizo caso de ir, sino también elegir la ropa, ducharse por una hora, ponerle gel al pelo y…volver decepcionado: la Fulana no había ido. El fin de semana pasó calmo y los días normales, con el nombre de Fulana para acá y para allá, como de costumbre. Con la proximidad de otro viernes, la situación ganó una tensión especial. Otra cita, cuchicheos para acá y para allá y un brillo muy especial en la mirada. El viernes por la tarde la confesión: “Mamá, estoy comprometido”. El sábado por la tarde, charlas por Internet, la cita acordada para conversar y…lágrimas, sollozos y la cruel constatación: Ella no me quiere a mí, se desahoga el gran niño con toda la convicción del desencuentro en el Chat room, donde el día anterior se había comprometido con la “Lambisgóia”.
Entre el deseo de reírme y de decirle que ello no era nada, que era no más que una decepción amorosa, la primera de una serie de muchas y muchas otras, me puse seria, lo abracé con fuerza, alisándole el pelo y pensé: ¡Mi hijo ha crecido! Naturalmente, la ‘Lambisgóia’ volvió y decidió que sería, ¡La novia de mi tesoro!
terça-feira, 20 de outubro de 2009
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