Momento de criação. Aproveitando a inspiração e querendo praticar um pouquinho a lingua não-nativa, fiz um texto, fictício, pra explorar meus conhecimentos linguisticos castelhanos. Caso alguém leia isso, e queira palpitar, o espaço é livre e público.
El camino
No había otra forma de hacerlo. Tuvo que hacerlo. Salió temprano con una idea fija en la cabeza y no regresaría sin haberlo terminado. Y así lo hizo.
Era joven, tenía toda la vida adelante. No sabe cómo llegó a tal punto, pero estaba seguro de lo que tenía que hacer para escarparse de esa pesadilla.
Como en todos los problemas de la vida, había una mujer. Todo se aclaraba ahora, todo empezó cuando llegó ella. Eran los dos y nadie más. Formaban una pareja feliz, al menos así lo hacían parecer.
Caminaba cabizbajo, mirando hacia al suelo, contaba las líneas de la vereda, pateaba las piedras que saltaban del asfalto en su camino, y se puso a llorar. Su llanto se mezclaba con la lluvia que caía torrencialmente sobre la ciudad. No estaban en la época de las lluvias, pero llovía. Este mundo se había cambiado, las estaciones ya no podían definirse. Ya no había hielo en los polos, todo el hielo del mundo se había formado en su alma.
“¿Valió la pena?”, se preguntaba, “¿Habrá valido la pena?”
Él seguía caminando y pensando, ella, residía en sus pensamientos, habitaba sus sueños y protagonizaba sus pesadillas. No era culpa suya, pensaba, él no era el culpable. Más aún, tenía toda la certeza. Ella no merecía su pesar.
Ya no caminaba, había llegado a su destino. Tocó el timbre, nadie le contestó. Abrió la puerta sin hacer ruido, tampoco sin hacer esfuerzo. Era un edificio pequeño, de cuatro pisos, en el cuadro pegado en la pared una lista con los nombres de los moradores. Cuarto piso, departamento cuarenta y cinco. Subía por la escalera que le parecía infinita. Sudaba, ya no estaba en su mejor forma. Se apoyo un rato en la pared. Buscó el aire que le venía con dificultad. Era tarde de la noche, la lluvia había cesado. Sus pies mojados habían dejado huellas en la alfombra. Ello ya no le importaba, aunque encontraran las pruebas que había dejado, no le encontrarían jamás después de esa noche.
No había luz por debajo de la puerta, realmente no había nadie allí. Usó sus habilidades marginales y rompió la cerradura sin hacer ruidos. El departamento era pequeño, así como todo el edificio. No tenía más que dos habitaciones, el salón, la cocina y el cuarto de baño, todo muy chico. Muy sencillo para alguien tan poderoso, pensaba. Buscó el sillón y se sentó. Esperó, no hizo ningún esfuerzo para ahuyentar el sueño, no había como dormirse. Esperó hasta el amanecer, cuando ya no tenía más esperanzas, oyó pasos en el pasillo. Pasos reticentes, probablemente hubiera visto las huellas. Abrió la puerta y lo vio sin asustarse.
- Te esperaba para más tarde
- No me jodas, ya se me acabó la paciencia, ¿por dónde anduviste?
- Tranquilo, gordito, no es mi culpa que seas tan incapaz.
- No me digas gordito, y no ha sido mi culpa, ella lo sabía.
- Lo supo por ti. La culpa es tuya.
No quería escucharlo, sacó la pistola y disparó. El tiro le pegó en el pecho. Se cayó de rodillas con una media sonrisa en la cara.
- Te elegiste el camino más fácil, cobarde.
Se olvidó de los vecinos. Se olvidó de todo. En su mente le venían los ojos de aquella mujer. Sus ojos verdes, muertos. La imagen de aquella mujer estirada en el suelo. No pudo evitar que saltara del vigésimo piso. Era su culpa, todo era culpa suya.
Su relación prohibida resultó en un embarazo, que nunca pudiera haber ocurrido. Él la abandonó encinta, ella no tenía más como seguir viviendo. El joven que la abandonó esperando un hijo suyo ya no volvería, tenía una misión. Ella era el objetivo. Él no podría enamorarse de ella, pero se enamoraron. Se contagió por descuido. Se dejó llevar por el alcohol y el dinero fácil. El SIDA pronto le destruiría las defensas del cuerpo, se enfermaría y moriría. Aquel hombre, ahora muerto con una media sonrisa en la cara, le había ofrecido el mundo que nunca se hubiera conseguido solo. El precio era alto, pero no rehusó. Aquel hombre le pasó más que dinero, le dio fin a su vida miserable, le mostró el camino que nunca hubiera tomado solo.
Ella se dio cuenta, él le aclaró las dudas. Ella no podía aceptarlo, saltó al vacío llevando consigo un niño condenado.
Él lo había perdido todo. Le restaba la pistola en la mano. El camino más fácil, era cobarde, eligió el camino más fácil.
Felipe Garcia Marçal
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